jueves, 22 de septiembre de 2011

Resurgiendo de mis cenizas

Capítulo 4

   ¿Por qué? ¿Por qué no soy capaz de creer realmente en mí? ¿Por qué siento la obligación de demostrar a los demás que soy increíblemente feliz cuando me estoy rompiendo por dentro?
     Me siento agotada de demostrar a los demás lo que no siento en realidad, ya que realmente ni yo misma se que me pasa, y estoy arta de esos clichés sobre mi espalda. "Eres mujer", "es normal ser dévil", "tus hormonas estás revolucionadas", "son normales los cambios de humor en la mujer".
¡¡¡NOOOOOOO!!!
     Me niego, me niego a reconocer esos clichés sobre mí. Sí, soy mujer. Sí, mis hormonas me cambian el humor (solo un par de días, no todo el mes), pero por el hecho de ser mujer no tengo problema. No, me siento sola, por mucha gente que haya a mi alrededor. Me niego a que la gente sienta pena por mi por el hecho que caiga una lágrima por mi mejilla. ¿A caso saben a que son debidas? No realmente no les interesa. A la mayoría solo les interesa acayar su conciencia y con una palmadita en la espalda lo tienen solucionado.
     Las lágrimas que años atrás caían a raudales, ahora no dejo que se escapen, no quiero compasión. ¿Estaré haciendo bien?
     Desde que tomé esa actitud, creyendo que de esa manera me haría más fuerte, que dejaría de dolerme lo que otros me hacían, lo único que he conseguido es volverme más fría y perderme más de lo que estaba antes. Siento que mi corazón no late como lo hacía antes, ya que por muy maltrecho que estubiera, siempre había calor en él. Nada me importa aunque los demás no lo vean (no les dejo), y eso me entristece más. Me siento metida en un pozo que yo misma escarbo por no saber que hacer.
     Han pasado los siglos y el lugar que ahora ocupamos las mujeres como yo ha cambiado siendo iguales a los hombre. ¿Realmente alguien cree eso? Yo no, porque peleamos y peleamos creyendo conseguir sin conseguir nada. Trabajamos sin descanso fuera y dentro de casa para demostrar que somo iguales a ellos cuando lo que hacemos es trabajar el doble. ¿Por qué excavamos ese pozo del que no sabemos salir? No, no somos ni seremos com ellos ¿Realmente queremos?
     Se acabó, después de muchos años, poco a poco y herida tras herida he comprendido que no soy ni quiero ser como ellos. No me cuelga nada entre las piernas. Y por ello, no tengo la obligación de demostrar, a ellos ni a nadie, quien soy. Pero no por ello soy inferior ya que no es un pene o una vagina lo que somos o quienes somos. Es nuestra alma, nuestro corazón y lo capaces que somos como personas individuales o en grupo (la parte más díficil). Es el no juzgar sin más lo que nos validará como personas. Sí, soy mujer. Sí, necesito llorar y gritar a pulmon sin que por ellos de pena. Sí, necesito volver a sentir, necesito salir del maldito pozo que a ningún lugar me lleva. Necesito por primera vez, agarrar las riendas de mi vida, sujetarlas con firmeza, detenerme unos segundo para pensar (cosa que las mujeres hacemos bien, aunque en ocasiones en exceso), y tener claro hacia donde deberán ir mis pasos.
     Se que en algún momento de mí, espero, larga vida, volveré a coger una pala y excavar, convirtiendo un pequeño agujero en un enorme pozo. Habrá gente que quiera echar tierra en ese pozo mientras esté en el, y otros que alargarán su mano para ayudarme a salir. Pero solo yo, única y exclusivamente yo, seré la que decida que debo hacer.
     Rendirse es tan fácil, tan tentador.
     Ya he decidido, y he decidido aprender a pelear, a no conformarme, dejarme ver, demostrar quien soy. He decidido volver a llorar, ya que esas lágrimas dejan salir el dolor pero al mismo tiempo pueden llenarme de felicidad, de descanso, de paz.
¿Cuando aprenderemos a ser quienes realmente somo y no quien otros quieren? Si realmente consigo la felicidad podré hacer feliz a los que me quieran... Y a los que no que les den.

miércoles, 27 de julio de 2011

Resurgiendo de mis cenizas

Capitulo 3


     Imaginad que estáis en vuestra habitación, estirados en vuestra acogedora cama, mientras sobre vosotros se dibuja un ínfimo punto negro, que poco a poco se va haciendo cada vez más grande, hasta el punto de convertirse en un enorme agujero negro que intenta absorveros. Os aferráis al colchón como si la vida os fuera en ello pero sentís que las fuerzas se os escapan de entre los dedos sin remisión, y decidís que lo mejor es no intentar evitar lo inevitable.
     Pues así era como me sentía cuando cumplí los dieciséis, y el agujero que veía era cada vez más grande, y lo que sucedía a mi alrededor lo ampliaba milímetro a milímetro,  gritándome "ríndete ya, tus esfuerzos serán inútiles. Los demás no te echarán de menos pues no le importas a nadie". Esas palabras martilleavan mi cabeza con más fuerza a cada día que pasaba.
     Muchos achacaban mi desánimo constante y malhumor a lo que vulgarmente es conocido como "edad del pavo", pero desde hace mucho dejé esa etapa atrás y en ocasiones, sin saber porque motivo, o no queriéndolo ver, vuelve a mi ese desasosiego, esa pena, ese dichoso agujero.
     En muchas ocasiones, con esas edad, creía que lo más fácil sería quitarme del medio, dejar de sufrir de aquella manera, de ser una total incomprendida dentro de una familia, y totalmente invisible en mi grupo de amistades. Cuando uno se vuelve adulto olvida como se sentía al ser adolescente y eso es algo que nadie, y menos los padres, debería hacer. La diferencia de edad que me separa de mis padres era tan grande que aún lo hacía más difícil, y el hecho de mis estrictos horarios y de no querer gastar demasiado dinero en mi, (cosa que no les hubiera supuesto ningún sacrificio) me lo hacía todo más difícil, más solitario.
     Volviendo al agujero negro que se había posado sobre mi persona, se me hacía cada vez más duro seguir adelante, sentía que no había nada que me hiciera seguir adelante, creía que no había nada que valiera la pena ni nadie que me echara de menos si yo ya no estaba. Más de una vez lo intenté pero no pude y me sentí como una cobarde. Los años han pasado y ese agujero se ha hecho más pequeño, y aunque aún lo tengo pisándome los talones, susurrándome que debería tirar la toalla, ahora, mejor que nunca, entiendo que en aquel momento en que mi universo estaba girando a demasiada velocidad, no fui una cobarde, pues cobarde es darse por vencida, cobarde es aceptar el veneno de las bocas de otros por pensar que son más fuertes que nosotros. Pues nuestra fuerza no debe provenir de fuera, de lo que nos envuelve, aunque no se puede negar que son una buena dosis de energía. No, la fuerza crece dentro de nosotros y si vamos alimentándola llegará el día que miremos ese agujero negro de frente, valientes, sin miedo alguno y a sabiendas que está ahí, no consiga mover un solo pelo de nuestra cabeza.
     Decidí no darme por vencida, aparté esos asquerosos nubarrones negros (puede que sea dura la palabra usada pero es la más adecuada), y dejar que se acerquen aquellos que de verdad me quieren. No hay mejor camino que el de la lucha personal en la que me hago más y más fuerte, y eliminar de la ecuación aquel lastre que pretenda hundirme.
     El pasado atrás quedó, el presente disfrutémoslo y el futuro escribámoslo, agujero incluido pues nos hará fuertes.

martes, 28 de junio de 2011

La noche de San Juan

     En el campo, rodeada por la naturaleza, las noches de verano se vuelven mágicas y la más mágica de todas es la de la víspera de San Juan, en la que todos deseamos pasarlo bien, dejando los problemas mundanos a un lado y quemando nuestros deseos, aquellos sueños que queremos se hagan realidad. Es una noche en la que el cielo se ilumina, no solo con el sin fin de estrellas que se posan sobre nuestras cabezas permitiendo que soñemos con acariciar esos pequeños puntitos que parece diamantes, si no que luces de increíbles y brillantes colores estallan, callendo cual  hermosa lluvia de estrellas y nos atrae a mirarla como el canto de las sirenas atrae a los marineros, haciendo que de nuestra garganta brote una exclamación de admiración por la belleza de los fuegos artificiales.
     No importa la edad que tengamos pues la magia de la noche más corta del año nos envuelve a todos por igual. 

miércoles, 8 de junio de 2011

Resurgiendo de mis cenizas

Capítulo 2

  
     Esta noche, de regreso a casa después de un largo y aburrido día de trabajo, y la clase de inglés, los ojos se me han llenado de un líquido ligeramente salado que luchaba por salir, mientras aferraba el volante de mi pequeño coche con más fuerza de la normal.
     Mientras observaba el anochecer, envuelta en un hermoso paisaje campestre en plena primavera, y en la radio sonaba una bonita canción de Rihanna, un doloroso recuerdo reapareció en mi mente. Justo aquel recuerdo que me hizo abrir los ojos ante la realidad de mi padre, el recuerdo que hizo que comenzara a querer ser completamente invisible.

     Una noche, no recuerdo muy bien el motivo solo que yo era la excusa, comenzaron los gritos. Lo único que pude hacer fue encerrarme en mi pequeña habitación y llorar al sentirme culpable de lo que estaba sucediendo. Pero aquella discusión no fue como las demás, aunque no entendía entonces que la hacía diferente. Los gritos cesaron dejando paso a un largo silencio, hasta que mi padre abrió nervioso la puerta de mi habitación.

- No encuentro a tu madre, ayudame a buscarla.

     No tuvo que decírmelo dos veces. La buscamos fuera de casa durante más de una hora sin conseguir nada. Me llegué a creer la preocupación de él.
     Cuando volvimos a casa no fui capaz de quedarme esperando y la busqué por casa. La encontré sentada en las escaleras que llevaban a la piscina (eso era lo que él la había buscado). Sus ojos estaban húmedos, escondidos tras una falsa sonrisa al darse cuenta de que estaba allí. Puede que fuera una cría, pero tenía ojos. Su pelo enmarañado y su labio ligeramente partido y aún con rastros de sangre, me dijeron a las claras lo que había pasado.
     Después de todo esto, pasó una semana durmiendo conmigo y yo pidiéndole que lo dejara.

- No puedo, cariño. No tengo trabajo, dependemos totalmente de él.
- ¿Y mis hermanos para que están? Ellos pueden ayudarnos.
- ¡Ellos no deben saber nada! No quiero ser una carga. Prométeme que no les dirás nada.

     Me fue totalmente imposible negarme al ver aquel enorme dolor grabado en sus ojos. Me invadió la impotencia y la culpabilidad por ser una carga para ella ( al menos eso era lo que yo creía pues ahora soy madre y un hijo no es ninguna carga si no lo que nos hace seguir hacia delante). Es ahora que se lo que podía haber hecho y no hizo por..., aún no tengo claro el por qué.
     Con el tiempo descubrí que aquella no había sido la primera vez, pero por lo que observé durante años, aunque no puedo poner la mano en el fuego, sí la última.
    
     Es muy probable que fuera en aquel momento, de manera inconsciente en un primer momento, que tomara la decisión de no permitir que ningún hombre me hiciera eso.
     Suele decirse que una chica busca en su pareja a alguien semejante a su padre, pero puedo asegurar que ese no fue mi caso.

    Doloroso recuerdo este, que podía haberme convertido en una mujer maltratada si hubiera seguido la pauta, pero siempre se tiene la opción de no seguirla y esa fue mi primera decisión importante. Ser feliz costara lo que costara.

viernes, 3 de junio de 2011

Resurgiendo de mis cenizas

Mucha veces me pregunto cual es el principio perfecto de una historia,  y siempre me acabo contestando que todo depende de los ojos que la lean o las manos que la acaricien.
Puesto que son mis ojos los que esta leen, mis manos la que la escriben, mi vida la que explico y mis sueños los que aquí descubro, creo haber encontrado el principio perfecto.

Hola, me llamo Sofí y esta es mi historia

A mis treinta años, echo la mirada atrás y veo lo cobarde, insignificante, inútil... que fui o me hicieron ser. En una familia donde el machismo existía a la orden del día, la mano dura estaba presente día sí día también y mi padre se ganaba nuestro respeto a base del miedo y las amenazas, mi carácter tímido, apocado, donde el respeto por los demás y lo que me rodeaba había nacido en mi el mismo día que las manos de un médico me arrancaron del vientre de mi madre, el pensamiento de que la gente pudiera ser mala no cabía en mi, y ello me impidió ver durante mucho tiempo la realidad y revelarme ante aquellos que "no me querían".

- Demasiado confiada- me decía mucha gente.

Confundí el respeto con el miedo y eso convirtió mi vida en una enorme montaña casi imposible de escalar.
Sí, he dicho casi por qué de alguna manera, entre temores, vergüenza y lágrimas, decidí seguir los dos mejores consejos que me dio mi madre, en un principio de manera sutil, pero ahora con más convicción que nunca.
Ella siempre decía:

- Cuando quieras conseguir algo piensa que el no ya lo tienes, lo único que te queda por hacer es luchar por el sí y piensa que lo único imposible en esta vida que nos toca vivir es la muerte, y eso aún tengo que discutirlo con San Pedro.

De mi infancia poco puedo explicar, pues fue más o menos como la de la mayoría, con el agrabante que conlleva ser la pequeña de cuatro hermanos y la única chica.
No fue hasta que alcancé los trece años y cambié mi lugar de residencia, cuando el velo que me había o habían puesto delante de los ojos fue cayendo, y poco a poco me di cuenta que el padre adorado que creía tener, no lo era. Cuando una es niña, la ingenuidad no nos deja ver, pues todo debe ser como en los cuento de princesas. Pero al crecer, la manera de observar el mundo va cambiando y ese cambio hizo que me convirtiera en una chica increíblemente introvertida, solitaria dirían muchos.
Es ahora cuando mi verdadero yo ha surgido de la cenizas que muchos se obcecaron en destruir, cuando he descubierto que me temían, temían que creciera como persona independiente, los rechazara por sus malas artes y destruyera con mis férreos principios.
Y es aquí y ahora que decido explicar lo malo de mi vida y como de eso conseguí obtener muchas cosas positivas, lo que me hizo estar aquí y no bajo tierra, como quise en ocasiones, y si es menester, ayudar con mi testimonio a todas las personas que hayan vivido o estén viviendo algo parecido.
Como siempre digo: como el ave fénix, resurgiré de mis cenizas más fuerte que nunca.


Elan