miércoles, 27 de julio de 2011

Resurgiendo de mis cenizas

Capitulo 3


     Imaginad que estáis en vuestra habitación, estirados en vuestra acogedora cama, mientras sobre vosotros se dibuja un ínfimo punto negro, que poco a poco se va haciendo cada vez más grande, hasta el punto de convertirse en un enorme agujero negro que intenta absorveros. Os aferráis al colchón como si la vida os fuera en ello pero sentís que las fuerzas se os escapan de entre los dedos sin remisión, y decidís que lo mejor es no intentar evitar lo inevitable.
     Pues así era como me sentía cuando cumplí los dieciséis, y el agujero que veía era cada vez más grande, y lo que sucedía a mi alrededor lo ampliaba milímetro a milímetro,  gritándome "ríndete ya, tus esfuerzos serán inútiles. Los demás no te echarán de menos pues no le importas a nadie". Esas palabras martilleavan mi cabeza con más fuerza a cada día que pasaba.
     Muchos achacaban mi desánimo constante y malhumor a lo que vulgarmente es conocido como "edad del pavo", pero desde hace mucho dejé esa etapa atrás y en ocasiones, sin saber porque motivo, o no queriéndolo ver, vuelve a mi ese desasosiego, esa pena, ese dichoso agujero.
     En muchas ocasiones, con esas edad, creía que lo más fácil sería quitarme del medio, dejar de sufrir de aquella manera, de ser una total incomprendida dentro de una familia, y totalmente invisible en mi grupo de amistades. Cuando uno se vuelve adulto olvida como se sentía al ser adolescente y eso es algo que nadie, y menos los padres, debería hacer. La diferencia de edad que me separa de mis padres era tan grande que aún lo hacía más difícil, y el hecho de mis estrictos horarios y de no querer gastar demasiado dinero en mi, (cosa que no les hubiera supuesto ningún sacrificio) me lo hacía todo más difícil, más solitario.
     Volviendo al agujero negro que se había posado sobre mi persona, se me hacía cada vez más duro seguir adelante, sentía que no había nada que me hiciera seguir adelante, creía que no había nada que valiera la pena ni nadie que me echara de menos si yo ya no estaba. Más de una vez lo intenté pero no pude y me sentí como una cobarde. Los años han pasado y ese agujero se ha hecho más pequeño, y aunque aún lo tengo pisándome los talones, susurrándome que debería tirar la toalla, ahora, mejor que nunca, entiendo que en aquel momento en que mi universo estaba girando a demasiada velocidad, no fui una cobarde, pues cobarde es darse por vencida, cobarde es aceptar el veneno de las bocas de otros por pensar que son más fuertes que nosotros. Pues nuestra fuerza no debe provenir de fuera, de lo que nos envuelve, aunque no se puede negar que son una buena dosis de energía. No, la fuerza crece dentro de nosotros y si vamos alimentándola llegará el día que miremos ese agujero negro de frente, valientes, sin miedo alguno y a sabiendas que está ahí, no consiga mover un solo pelo de nuestra cabeza.
     Decidí no darme por vencida, aparté esos asquerosos nubarrones negros (puede que sea dura la palabra usada pero es la más adecuada), y dejar que se acerquen aquellos que de verdad me quieren. No hay mejor camino que el de la lucha personal en la que me hago más y más fuerte, y eliminar de la ecuación aquel lastre que pretenda hundirme.
     El pasado atrás quedó, el presente disfrutémoslo y el futuro escribámoslo, agujero incluido pues nos hará fuertes.